Caminante, no hay camino...
"Estreno" mi blog haciendo o, al menos intentándolo, una reflexión sobre el pasar de los años y la irremediable necesidad (aunque no por ello siempre suficiente) de este proceso para la correcta conformación de todo ser humano como persona.
Hoy es mi decimonoveno aniversario, y pese a que a ojos de algunos todavía gozo de una edad temprana, me sorprende observar con cuán rapidez he alcanzado esta cifra.
Recientemente he leído un articulo que analizaba el confuso fenómeno del pasar de los años; lento al principio de nuestras vidas y cada vez más rápido, conforme alcanzamos el final de las mismas.
Y no es una mera sensación producida por la nostalgia, sino que tiene su explicación científica. Al comienzo de nuestras vidas, pongamos el ejemplo de 10 años, un año es la décima parte de nuestra existencia, sin embargo, un individuo de 39 años, percibe el mismo período de tiempo (en este caso un año) como la treintanueveava parte de su vida, y así sucesivamente, de forma que conforme aumenta nuestra edad, menor parece la duración del tiempo al que nos enfrentamos.
Resulta paradójico darse cuenta de que es la propia vida la que condiciona nuestro futuro, haciendo que percibamos el día a día como algo cada vez más breve y, por ello, amargo. El resultado de esta experiencia es nefasto, pues nos impide gozar de nuestra existencia, al preocuparnos de que ésta termine.
Como sabiamente apuntó Held, "Todo el mundo quiere llegar a viejo, pero nadie quiere serlo"... y es que es triste llegar a viejo, pero más triste aún es seguir siendo niño.
"... Tiempo. En ti.
La tierra
el aire
el agua
y las estrellas."
El tiempo... nuestra principal preocupación... el único elemento que todavía mantiene ese mistero del que el ser humano ha logrado despojar a cuanto le concierne... el único que siempre depara sorpresas...

monica dijo
un buen relato, real como la vida misma.
24 Febrero 2006 | 05:44 PM